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Marketing correcto impacto cero y cobardía cultural

Orden y métricas; coraje ausente, impacto nulo

Este no es un texto para pedir permiso. Es un recordatorio incómodo: el marketing “correcto”, perfectamente alineado a manuales, benchmarks y brand books, rara vez mueve la aguja fuera del PowerPoint. Si suena impecable en el comité y respira tranquilidad legal, probablemente no le cambie nada a nadie.

El marketing correcto, impacto cero y cobardía cultural

El culto al “hacerlo bien” ha convertido al marketing en una coreografía higiénica: insights esterilizados, mensajes calibrados a la baja, creatividad sin aristas y dashboards que miden lo que es fácil, no lo que importa. La obsesión por parecer profesionales produjo un oficio predecible, diseñado para no generar fricción con nadie. Mientras tanto, el mercado —o peor, la cultura— apenas pestañea. No es que falte talento; sobra miedo. Las marcas aprenden a hablar como si estuvieran postulando a un premio de cumplimiento.

La aprobación se volvió el objetivo, no el resultado. Casos construidos para festivales, planes que sobreviven a cualquier auditoría y campañas con “brand safety” como idea central: garantías de irrelevancia. Hay equipos que confunden consenso con criterio y tasa de clics con cambio de comportamiento. Cuando una organización estima más el confort reputacional del board que la verdad de su audiencia, lo “correcto” se transforma en armadura: protegen su carrera, sacrifican la voz. El precio es el impacto: cero.

Y no, no es un fallo de ejecución. Es una renuncia de intención. El marketing correcto opera como un anestésico cultural: evita lo concreto, huye de la ambigüedad, maquilla el conflicto. La disciplina se puso al servicio del orden, no de la oportunidad. En ese tránsito, las marcas dejaron de elegir y empezaron a complacer. El resultado: productos indiferenciados, narrativas sin riesgo y una industria que celebra la prolijidad mientras pierde relevancia.

Marketing como postura política, no protocolo

El marketing no es un departamento técnico; es una postura política dentro de la organización. Política, no partidista: decisiones de poder sobre qué priorizar, a quién incomodar, qué futuros habilitar y cuáles cerrar. Cada presupuesto asignado, cada silencio sostenido, cada alianza cultural es una declaración sobre el mundo que la marca avala. Si el equipo de marketing no asume esa responsabilidad, otros la asumen por él: finanzas, legal, procurement, el algoritmo.

Tratar el marketing como protocolo —checklists, frameworks, plantillas— degrada su rol a gestión de trámites. La herramienta importa, pero sin una tesis de marca se convierte en liturgia vacía. Un posicionamiento no es una frase: es una frontera. Define lo que se dice y lo que no, lo que se toca y lo que se abandona. Quien no traza esa frontera termina alquilando relevancia a la moda del mes y a la pauta programática, confundiendo alcance con adhesión y ruido con resonancia.

Para agencias y estrategas que no quieren encajar, esto implica abandonar la coartada del “así se hace” y cargar con el costo de elegir. No se trata de ejecuciones más “creativas”, sino de voluntad de conflicto: con el mercado, con la categoría, con la tibieza interna. El valor no está en la pieza, sino en la decisión que la hace inevitable. Cuando el marketing recupera su naturaleza política, deja de pedir permiso y empieza a tomar posición. Y una posición, por definición, excluye: ahí está su potencia.

El marketing correcto es educación vial: útil para no chocar, incapaz de llegar más lejos. Si la ambición es mover cultura y negocio, no alcanza con formatos impecables ni métricas dóciles. Esto no se arregla con otra plantilla; se resuelve con criterio, coraje y la disposición a incomodar. Lo demás es decoración financiada.

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