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Marketing contracorriente contra el culto a la prisa

Menos prisa, más criterio: marketing contracorriente

El culto a la prisa ha convertido el marketing en una cinta de correr: más piezas, más canales, más “agilidad”, menos sentido. Se confunde con frecuencia velocidad con estrategia y urgencia con relevancia. Este editorial propone una postura contracorriente: tratar el marketing no como una fábrica técnica de entregables, sino como un acto cultural dentro de las organizaciones, donde el ritmo es una decisión editorial y no un reflejo ansioso.

Velocidad no es estrategia: postura cultural en marketing

El dogma actual dicta que quien se mueve más rápido gana. Pero el ritmo no es un resultado, es un síntoma. Muchas agencias han internalizado la ansiedad del feed como brújula: si no publicas hoy, te borra el algoritmo; si no reaccionas en minutos, “perdiste la conversación”. Ese impulso, aunque rentable en horas facturables, produce mensajes que responden al reloj y no al contexto. La velocidad es un medio; cuando se convierte en valor en sí mismo, la marca pasa a ser vehículo de la urgencia ajena.

El costo de la prisa es invisible porque se difumina en entregas que “cumplen” sin decir nada. La investigación se vuelve decorativa, las ideas se aprueban por descarte, la voz de la marca suena intercambiable. Cuando la cadencia domina, se optimiza para llenar huecos, no para crear significado. Y el mercado lo percibe: contenido correcto, competente, olvidable. Se confunde actividad con progreso, frecuencia con preferencia, y alcance con influencia.

Entender el marketing como postura cultural implica elegir qué ignorar tanto como qué perseguir. Es decidir el tempo que protege la calidad de pensamiento, la coherencia y la rareza de la marca. Es un acto de edición: renunciar a la omnipresencia para ganar en densidad, diseñar espacios de silencio para que el mensaje respire. Lo contracorriente no es ir lento por principio, sino sostener un ritmo que sirva a la intención, no a la ansiedad del ecosistema.

Estrategia contracorriente: pensar antes de correr

Ir más rápido no siempre es ir mejor. Hay momentos donde acelerar es tácticamente correcto —cuando existe claridad previa, criterios de decisión acordados y un margen de error aceptado—, y otros donde la velocidad sólo amplifica confusión. El indicador no es el reloj, sino la nitidez del problema. Si el diagnóstico es frágil, correr multiplica retrabajos, erosiona confianza y deja una estela de “parches” que hipotecan el futuro.

Una práctica contracorriente comienza con rituales que protegen el pensamiento: briefings que exigen hipótesis, pre-mortems para anticipar daños colaterales, criterios de calidad definidos antes del sprint. Se diseñan métricas que premian aprendizaje y efecto compuesto —por ejemplo, tiempo entre insight y decisión informada— por encima de volumen de publicaciones. Se construyen sistemas modulares que permiten iterar sin caer en la urgencia reactiva, y se establecen ventanas de “latencia deliberada” donde la mejor respuesta es esperar para ver.

Culturalmente, esto requiere líderes que modelen paciencia decidida y agencias capaces de educar a sus clientes sobre el costo total de la prisa: retrabajo, desgaste, pérdida de diferenciación. Implica presupuestar la edición, no solo la producción; pactar lo que no se hará, tanto como lo que sí; y tratar a los algoritmos como clima, no como deidades. La contracorriente no romantiza la lentitud: la domestica. Define cuándo acelerar con intención y cuándo reservar energía para construir una marca que resista el próximo ciclo de ansiedad.

La prisa permanente es un gesto cultural, no un requerimiento del mercado. Desacralizar la velocidad devuelve al marketing su rol más ambicioso: crear significado que perdure, no solo presencia que pase. Quien elige el ritmo con criterio, y no por contagio, no se queda atrás; se sale de la carrera equivocada.

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