El genio es hábito: criterio, oficio y constancia
El mito del talento: ¿nace o se fabrica?

¿Existe el talento natural o es trabajo con nombre bonito?
La palabra “talento” funciona como un atajo emocional: consuela al que no llega, enaltece al que sí y, sobre todo, evita conversaciones incómodas sobre método, práctica y responsabilidad. En la industria creativa y estratégica, ese mito no describe la realidad del trabajo; la velan. Si de verdad queremos elevar la calidad y la consistencia de lo que hacemos, conviene desarmar la fantasía del genio y mirar de frente los sistemas que producen resultados.Deconstruir el genio: sistemas, práctica y juicio
Cuando decimos “alguien tiene talento”, solemos hablar del brillo visible del resultado, no del andamiaje que lo sostuvo. Se nombra talento donde hubo horas de lectura silenciosa, iteraciones que no se publicaron, feedback rechazado y vuelto a intentar. Lo que se celebra como chispa suele ser la punta de un iceberg de hábitos, márgenes de seguridad y deliberación. No es negación de diferencias individuales; es reconocimiento de que la diferencia significativa nace de cómo se organiza el esfuerzo. La narrativa del genio legitima jerarquías cómodas: si hay elegidos, hay tribunales de gusto que “saben” y aprendices que “esperan”. Lo que desaparece en ese encuadre es la práctica sistemática: diarios de decisión, estudios de casos, ejercicios de copia, pruebas ciegas, revisiones cruzadas. Se llama intuición a lo que, tras cientos de exposiciones y errores, se vuelve juicio: la capacidad de discriminar lo relevante, ver patrones, asignar pesos y anticipar consecuencias. El juicio es acumulación de evidencia metabolizada. Piense en una “campaña brillante” atribuida a una epifanía en la ducha: detrás, probablemente, hubo treinta versiones del brief, tests que descartaron caminos “ingeniosos” pero ineficaces, y una negociación fina con las restricciones. Un “estratega con olfato” suele ser alguien que sabe dónde buscar datos, cómo formular hipótesis refutables y cuándo parar de pulir. Si prohibiéramos la palabra “talento” un trimestre, ¿qué construiríamos en su lugar? ¿Qué rituales instalaríamos para sostener calidad sin depender del mito? ¿Cómo mediríamos progreso sin caer en el culto al resultado fortuito?Marketing como postura: no talento, sino proceso
Para una agencia que rehúye el discurso dominante, marketing no es un arsenal de trucos ni un departamento; es una postura ante la realidad. Es decidir que el trabajo consiste en entender problemas, reducir incertidumbre y crear sistemas que mejoren con el tiempo. Cuando llamamos “talento” a un perfil, solemos externalizar responsabilidad: si la cosa falla, “faltó magia”; si funciona, “nació con eso”. Como postura, en cambio, marketing es diseño de procesos: descubrimiento, encuadre, experimentación, aprendizaje y narrativa coherente. Esa postura se manifiesta en cómo se toman decisiones, cómo se asignan recursos y a qué ritmo se itera. No se trata de esperar inspiración, sino de establecer acuerdos —qué evidencia aceptamos, cómo evaluamos hipótesis, cuándo declaramos éxito— y de mantenerlos bajo presión. Un equipo de marketing que se respeta opera como un laboratorio: los briefs son hipótesis, los artefactos son pruebas, las revisiones son instancias de calibración y no teatro. La artesanía no es un momento iluminado; es un sistema que hace que la iluminación sea más probable. El reclutamiento y la evaluación cambian cuando el talento deja de ser ídolo. En lugar de “buscamos genios”, buscamos señales de capacidad: versiones entregadas, ciclos de feedback instalados, errores que la persona sabe narrar y corregir, claridad al escribir y argumentar, sensibilidad para distinguir causa de correlación. A quien defiende que “sin talento no hay magia”, conviene responder: la magia aparece cuando el sistema te permite ver más, antes y mejor. Preguntas incómodas: ¿estamos entrenando el juicio de nuestros juniors o solo aplaudiendo destellos? ¿Hacemos visible el trabajo o solo el resultado? ¿Reconocemos la capacidad por su repetibilidad y su transferencia, o por el aplauso del último caso? El mito del talento es conveniente, pero caro: nos ahorra responsabilidad hoy y nos roba capacidad mañana. Si queremos organizaciones y agencias que no vivan de chispazos sino de consistencia, toca reemplazar la devoción por el genio por una ética de proceso: hábitos explícitos, criterios compartidos, prácticas que enseñan a pensar. Tal vez no suene romántico, pero es lo que sostiene lo extraordinario cuando la suerte no responde. Matar al ídolo no es negar la diferencia; es darle un hogar: sistemas que la cultivan, la exigen y la hacen rendir en público.Mantente al día
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