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Lo que no te cuentan los podcasts de marketing

Más eco que criterio: lo que callan los podcasts top

Este texto no es otra guía de “lo que tienes que escuchar” ni una lista para guardar en marcadores. Es una invitación incómoda a mirar el reverso de las listas de “mejores podcasts de marketing” y a preguntarte qué intereses, silencios e inercias operan cuando todo suena igual. Porque si el marketing es, ante todo, una postura dentro de la organización —una forma de decidir, priorizar y asumir consecuencias—, entonces también lo es la manera en que aprendemos y validamos lo que decimos saber.

Lo que no te cuentan los podcasts de marketing

Lo primero que no se cuenta: el abismo entre lo que se dice frente al micrófono y lo que de verdad se negocia en las salas donde se toman decisiones. La narrativa pública reduce la complejidad a frases compartibles, mientras el trabajo real consiste en lidiar con fricciones: límites de presupuesto, conflictos de objetivos, procesos defectuosos y métricas que no encajan. Ese abismo es cómodo para todos: el invitado protege reputación, el host protege la continuidad del programa y la audiencia se lleva una historia redonda que no exige confrontar sus propios supuestos de trabajo.

Lo segundo: los incentivos editoriales. La mayoría de formatos sufre la presión de mantener el “brand-safe”: no incomodar a patrocinadores, no destapar fracasos que puedan salpicar a clientes, no contradecir la sabiduría popular que trae clics. El circuito de invitados reciclados —los mismos nombres en rotación— garantiza alcance pero también homogeneidad. Y las listas que recomiendan esos shows responden al mismo motor: SEO, afiliación, captación de newsletter, autoridad prestada por la presencia de “nombres”. Es un sistema de validación cruzada que rara vez premia la disidencia bien argumentada.

Lo tercero: la confusión entre aprender y acumular frases. ¿Estás escuchando para mejorar decisiones o para sonar actualizado en la próxima reunión? ¿Cuántas ideas del último mes pasaron del cuaderno al experimento real, con responsables, coste y fecha de revisión? El marketing, como postura dentro de una empresa, no se resuelve con vocabulario: se prueba con renuncias, trade-offs y resultados medibles. Si un episodio no te ofrece mecanismos (no solo slogans), preguntas difíciles y límites claros, quizá no te está enseñando: te está entreteniendo.

El eco de las listas: gurús, banalidades y omisiones

Las listas repiten gurús porque los gurús son un atajo de confianza. El problema no es la experiencia, sino la presentación aséptica que borra el contexto: industria, etapa del negocio, restricciones, margen y riesgo asumido. De ahí nacen las palabras comodín —“crece con comunidad”, “sé auténtico”, “obsesión por el cliente”— que funcionan como ambientador conceptual: huelen bien, pero no limpian nada. Sin contexto, una receta “universal” es solo una anécdota con título vistoso.

Detrás de la homogeneidad hay señales de la propia industria de contenidos: algoritmos que premian lo predecible, marcas personales que evitan el disenso para no fragmentar audiencia, sponsors que buscan seguridad, y un KPI central —descargas— que rara vez mide profundidad o utilidad. También hay una economía de intercambio: yo te invito, tú me invitas; ambos ganamos exposición, nadie arriesga demasiado. El resultado es una superficie pulida que tranquiliza a quien busca confirmar lo que ya pensaba.

Lo que se oculta es lo que más enseña: los ensayos que no llegaron a puerto, la conversación tensa con finanzas, la fricción con producto, los plazos rotos, la letra pequeña de los “casos de éxito”. También se omiten los costes de oportunidad: lo que no hiciste por perseguir la táctica de moda. Si lideras una agencia que no quiere encajar, cambia el consumo por práctica deliberada: define una dieta de escucha limitada y con objetivo, exige a cada idea un experimento mínimo con fecha y criterio de abandono, registra una bitácora de fracasos útiles y reemplaza buzzwords por definiciones operativas (“qué haremos distinto el lunes y cómo lo mediremos”). No necesitas otra lista: necesitas un sistema para convertir ruido en decisiones.

La próxima vez que veas un ranking de “imperdibles”, pregúntate a quién valida, qué conflictividades evita y qué parte del trabajo real deja fuera de cuadro. Trátalo como materia prima, no como brújula. El marketing que importa no se demuestra con playlists sino con la capacidad de elegir, renunciar, medir y sostener decisiones cuando el relato no alcanza.

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