Llegar tarde es estrategia, no fallo: menos FOMO
Ser primero no paga

El FOMO es un gran vendedor, pero un pésimo estratega. La prisa por ser “el primero” en adoptar una tendencia, un formato o un discurso convierte al marketing en un deporte de reacción y desgaste. Este artículo es una invitación a desacelerar: defender el valor de llegar tarde —con intención, método y narrativa— cuando otros ya pagaron el costo del error.
Contra el FOMO: ser primero no paga en marketing
La industria confunde novedad con relevancia. Ser el primero luce heroico en presentaciones, pero raras veces consolida negocio o cultura de marca. El pionero financia evangelización, educación del usuario y aprendizaje público; tres costos que rara vez aparecen en la hoja de resultados. Mientras tanto, la audiencia apenas está aprendiendo el alfabeto de la tendencia, y nosotros ya queremos escribir novelas. El mercado no premia al que grita primero, sino al que resuelve mejor.
El FOMO impone un ritmo que destroza la alineación entre identidad y ejecución. Empuja a las organizaciones a probar por ansiedad, no por tesis. Se celebra el lanzamiento más que el ajuste fino, el “primicia” más que la pertinencia. En la primera ola se confunden likes con señales, ruido con demanda y rareza con valor. Cuando llega la resaca, las marcas descubren que su inversión compró visibilidad efímera y dudas duraderas.
Pensar el marketing como postura cultural obliga a decidir no solo qué se hace, sino cuándo. El tiempo se vuelve un recurso creativo: define la coherencia entre la marca y la conversación social. Ser primero, muchas veces, es adoptar el tempo de la industria, no el propio. Una agencia que rehúsa encajar en el discurso dominante no persigue olas; elige mareas compatibles con su historia, sus capacidades y sus comunidades. Resistir la urgencia es, en sí, una declaración de marca.
Aprender del error ajeno: la ventaja de llegar tarde
Llegar tarde, de forma deliberada, no es resignación; es lectura estratégica. Esperar a que el polvo se asiente permite ver dónde fallaron las promesas, qué fricciones emergieron y qué vacíos siguen sin resolverse. La observación ajena se convierte en investigación pagada por otros: patrones de abandono, incentivos mal diseñados, métricas que no correlacionan con negocio. Cuando el hype baja, asoma la topografía real del problema. Ahí es cuando conviene entrar.
Para capitalizar esa ventana, hace falta método. Umbral de evidencia: no muevas ficha hasta que haya señales repetibles de adopción, no solo ruido social. Ingeniería del descarte: define de antemano qué señales invalidan la apuesta, para no enamorarte del plan. Prototipos reversibles: experimentos de bajo costo y salida fácil que prueben narrativa, uso y retorno. Y, sobre todo, criterio cultural: la pregunta no es “¿funciona?”, sino “¿funciona con nosotros y para nuestras comunidades?”. La ventaja de llegar tarde es que ya existen cicatrices ajenas que pueden convertirse en mapas.
Llegar tarde tiene otra virtud: obliga a entrar con tesis, no con reflejos. Cuando eliges el momento, eliges también el framing, el lenguaje y las condiciones de éxito. Reduces costos de educación, evitas refactorizar equipos por moda y maximizas cada iteración con aprendizaje acumulado. La reputación se construye mejor por consistencia que por fogonazos. En muchas categorías, ser segundo o tercero —con intención, claridad y carácter— paga más que ser el primero sin rumbo.
El verdadero antídoto contra el FOMO no es desconectarse, sino decidir el ritmo propio. Ser primero suele comprar prestigio momentáneo; llegar tarde, con método y cuento, compra tracción, coherencia y margen. Para las agencias que no quieren encajar en el discurso dominante, la consigna es clara: menos urgencia, más tesis. Llegar tarde no es llegar después; es llegar mejor.
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