Marketing como acto de insurrección cultural en agencias
Marketing como rebelión cultural dentro de agencias

El marketing se ha domesticado. Lo reducimos a dashboards, funnels y KPIs hasta olvidar que, en esencia, siempre fue un acto profundamente cultural: decidir qué historias se cuentan, quién merece ser visto y qué deseos se legitiman. Este artículo no habla de optimizar campañas, sino de recuperar el marketing como gesto político dentro de las agencias; como una forma de rebeldía frente a un sistema que todo lo mide, pero casi nada lo cuestiona. Si trabajas en una agencia que se siente incómoda con el discurso dominante, este texto es más una invitación a la insurrección que un manual de buenas prácticas.
Marketing como acto de insurrección cultural
El marketing tradicional se nos vende como una caja de herramientas: segmentar, posicionar, optimizar, escalar. Pero detrás de cada “best practice” hay una idea de cómo debe ser el mundo, de qué vidas importan y cuáles se convierten en mero “target”. Entender el marketing como insurrección cultural es reconocer que cada elección creativa puede desafiar o reforzar la norma. No es solo persuadir para vender, es decidir qué narrativas merecen ocupar espacio en la mente colectiva y cuáles han sido silenciadas por comodidad o por conveniencia económica.
Una agencia que asume el marketing como acto de rebelión no se limita a cambiar tonos de voz o paletas de color; cuestiona el sistema de valores que sostiene las campañas. ¿Qué cuerpos aparecen y cuáles no? ¿Qué barrios solo existen cuando se trata de explotar “autenticidad” para una marca? ¿Qué problemas sociales convertimos en storytelling aspiracional mientras evitamos hablar de las responsabilidades reales de las empresas? La insurrección empieza cuando dejamos de aceptar los briefings como textos sagrados y los leemos como artefactos políticos con sesgos, omisiones y miedos muy concretos.
Este tipo de marketing incomoda porque desplaza la conversación de lo “eficiente” a lo “ético” y lo “culturalmente honesto”. Significa decirle a un cliente que su narrativa de “propósito” es cosmética si no cambia prácticas internas. Significa rechazar campañas que romantizan precariedades que la propia marca contribuye a generar. Significa usar los recursos del sistema —presupuesto, medios, creatividad— para introducir disonancia en lugar de obediencia. Cuando el marketing deja de ser un lubricante del consumo y se convierte en una fricción deliberada, aparece su verdadero potencial político.
Agencias rebeldes frente al discurso dominante
El discurso dominante en marketing repite un mantra: performance, escala, automatización. Agencias intercambiables compiten por quién promete más resultados con menos fricción, menos riesgo, menos conflicto. Una agencia rebelde parte de otro lugar: asume que su trabajo no es aplanar la complejidad, sino amplificarla. No busca que las marcas “caigan bien a todo el mundo”, sino que se posicionen con coherencia, incluso si eso implica perder audiencias que nunca estuvieron realmente alineadas. La rebeldía aquí no es estética; es estratégica y, sobre todo, ética.
Estas agencias se organizan de forma distinta por dentro. Desconfían de los procesos que convierten la creatividad en una cadena de montaje y de los organigramas que silencian a quienes más leen la realidad —el equipo más joven, más diverso, más cercano a las calles que los powerpoints nunca muestran. Cuestionan la forma en que se definen los “insights” cuando solo provienen de data cuantitativa y no de escuchar, en serio, a las comunidades implicadas. Una agencia rebelde se permite decir “no” a cuentas tóxicas, aunque duela en el Excel, porque entiende que cada marca que acepta también define quién es culturalmente.
Frente a la narrativa de “el mercado pide esto”, las agencias rebeldes responden: el mercado también es una construcción. Deciden usar el marketing para introducir nuevas sensibilidades: menos aspiración vacía, más dignidad; menos storytelling de propósito, más responsabilidad verificable; menos campañas que imitan tendencias, más piezas que se atreven a iniciar conversaciones incómodas. No se trata de romantizar la figura de la agencia heroica, sino de asumir que, dentro de los márgenes del negocio, existe un espacio real para crear fisuras en el guion dominante. Y esas fisuras, bien trabajadas, pueden convertirse en nuevas normas culturales mañana.
Reescribir el lugar del marketing dentro de las agencias no es un ejercicio teórico, es una decisión cotidiana: qué briefs aceptas, qué narrativas amplificas, a quién incomodas y a quién proteges. Entender el marketing como rebelión cultural implica aceptar que cada campaña es una toma de postura, incluso cuando pretende ser “neutral”. La verdadera pregunta no es si tu agencia hace buen trabajo creativo, sino si ese trabajo contribuye a sostener la inercia o a cuestionarla.
Las agencias que decidan abrazar esta postura no serán las más cómodas, ni las más “escalables” según los estándares habituales. Pero sí serán las que dejen una huella cultural más profunda, porque habrán usado las lógicas del propio sistema para erosionar sus ficciones más dañinas. En un ecosistema saturado de ruido, la auténtica diferenciación no estará en la última herramienta de AI ni en el próximo formato, sino en el coraje de asumir que hacer marketing es, inevitablemente, hacer política.
Si trabajas en una agencia que ya siente este desajuste con el discurso dominante, el paso siguiente no es encontrar una “metodología rebelde”, sino empezar a tomar decisiones alineadas con esa incomodidad. Preguntar lo que nadie pregunta en la reunión, redactar un copy que no trate al público como un “target” sino como personas, empujar a un cliente a asumir una posición clara. Son gestos pequeños, pero acumulados se convierten en insurrección. Y ahí, justo ahí, el marketing vuelve a ser algo vivo, peligroso y profundo: una fuerza cultural capaz de cambiar cómo nos contamos a nosotros mismos.
Mantente al día
Lee antes que el resto
Thank you for subscribing to the newsletter.
Oops. Something went wrong. Please try again later.





